dilluns, 9 de juny de 2008

Un frío que pela el culo a las liebres

Tengo una relación extraña con la muerte. No me refiero a la muerte en general, ni como fin de la vida o como parte de un debate filosófico sobre la inmortalidad del alma. Tampoco a que me dé miedo la mía, porque he desarrollado ese instinto de fatalismo según el cual el día que me muera será el día en que podré dejar de preocuparme. Pero me inquieta la muerte como factor de consideración cuando se trata de planificar el futuro, o de confiar en tener tiempo para corregir los errores, o simplemente de afrontar los momentos duros con mayor o menor sentido práctico, en función del tiempo que uno va a tener que dedicar a sufrir.

Puesto que no solemos disfrutar del privilegio de conocer el día exacto en el que dejaremos de respirar, normalmente actuamos en base a la hipótesis de que aún es pronto. Y puede que eso sea lo mejor en el fondo, porque si fuéramos a actuar con la convicción de que vamos a morir mañana, sin tener que asumir la responsabilidad por lo que hemos hecho hoy, el mundo sería un lugar más caótico. Y sin embargo, tomarnos cada día con un cierto sentido de urgencia nos ayuda a valorar y apreciar más cada oportunidad de disfrutar. Y sobre todo, a sentirnos afortunados de seguir vivos al día siguiente.

Afortunados porque si una cosa tiene la muerte, además de ser la única experiencia realmente democrática de la vida, es su infinita arbitrariedad. Y pese a todo, no dejamos de considerar injusta la muerte cuando sucede de repente, a personas que no se la buscaban ni se la merecían, y desafiando el protocolo establecido. De la serie Six Feet Under (A dos metros bajo tierra), cuyos protagonistas convivían profesionalmente con la muerte, recuerdo una lúcida reflexión: "tenemos un nombre para alguien que ha perdido a sus padres (huérfano) o a su pareja (viudo/a) pero no para un padre que ha perdido a un hijo; tal vez porque lo consideramos algo tan horrible que no queremos ni siquiera nombrarlo." La muerte es triste en todos los casos, pero sabemos que no todas las muertes son iguales. Algunas son más terribles, y dejan un hueco más difícil de llenar. No es lo mismo un anciano que muere rodeado de sus seres queridos, que una chica joven embestida por otro coche en una autopista.

Mi amiga Eva tenía 31 años. Me alegro de haberla conocido.

Y los demás, por favor, conducid con cuidado.

4 comentaris:

Piotor ha dit...

Amén

Comisario Gordon ha dit...

Lamento tu perdida. Un abrazo.

MTV

amelche ha dit...

Estoy de acuerdo en tu reflexión, lo cual me recuerda que estoy buscando un buen seguro de vida, para dejar pagada la hipoteca si me pasa algo. Que no es cuestión de ir dejando deudas, encima, y que el banco se lleve todo. Sin obsesionarse, porque si no, no podríamos vivir, pero creo que es cuestión de pensar en la muerte alguna vez.

Descanse en paz.

Un abrazo:

Ana

Aibhill ha dit...

Sería deseable creer en estas palabras de otro tiempo:

"La muerte no tiene nada que ver con nosotros.Pues el ser, una vez disuelto, es insensible, y la condición insensible no tiene nada que ver con nosotros".

(Epicuro)